-¡Quihubo! ¿Qué te pasó?
– Me pusieron una recia por andar de buen ciudadano
– Pues te dejaron para billetero compa, qué grave
– Sí, denuncié que el Brandon vende mota en la privada y sus esbirros se metieron a mi casa y deduce la trama
– No pos te pusiste de pechito, eso es muy sabido, mejor pico de cera
– Está jodido el planeta, ya se pasó de tueste eso de vive y deja vivir
– Muy lamentable, está cañón, el mundo de bajada y estamos con las manos atadas
– Ya de plano como dijo la cotorra: que aquellos “%&( a su madre y Dios que nos socorra.
Aah raza!
Mucho se escucha la frase “en los últimos tiempos se ha normalizado la violencia”, pero, ¿Alguien puede decirme cuándo iniciaron “los últimos tiempos?, porque hay episodios de la humanidad en los que lo más normal, lo que impera, es la violencia. En el Coliseo lanzaban a los prisioneros a los leones, en fieros combates con resultado más que predecible, ah, ¿Me estoy yendo muy lejos? Bueno, dejo un nombre y me retiro: Hitler. Ahora que si quieren que me acerque más, que me ubique en la geografía, la conquista del territorio que hoy ocupa nuestro país y lo que entre grupos étnicos se dice sucedía antes de que llegaran a hacer su chamba los de tierras íberas.
Esto es darle una pasadita a algunos puntos de violencia pública y colectiva, una jodencia grande, pero la violencia se ha practicado y se sigue practicando en todos los ámbitos de la vida que se ha normalizado; en la casa, en la escuela, en el medio laboral, en la calle, el que es violento busca materia de trabajo, porque desde hace siglos son conductas normalizadas, “hay que educar”, “hay que defenderse”, demostrar poderío y hasta alimentar el ego.
Hannah Arendt, filósofa y teórica política alemana de origen judío, en su libro “Sobre la violencia”, expone las claves de un análisis sobre la relación entre poder y violencia. En el año 1969, el mundo occidental no atravesaba una crisis económica ni una posguerra, pero sí una crisis política y cultural sin precedentes. Por un lado, las instituciones tradicionales -la familia, la escuela, la Iglesia, el Estado- estaban siendo cuestionadas: ya no inspiraban respeto ni obediencia automática. Por otro, una nueva generación surgida tras la Segunda Guerra Mundial empezó a impugnar las jerarquías políticas, sociales y morales, reclamando libertad sexual, igualdad racial y oposición a las guerras.
Arendt vivió una vida marcada por su experiencia como refugiada y su compromiso con la defensa de los derechos humanos, es reconocida por sus aportes en campos como la filosofía política, la teoría del totalitarismo y la reflexión sobre el significado de la acción humana, esto, la acción humana, desbordada, desenfrenada, con voraz hambre de poder de muchos, es lo que ha generado tantos hechos dolorosos desde siempre y parece que para siempre.
Por generaciones ha habido padres y madres maltratadores, maestros violentos, patrones abusivos, personas abusadoras, y una serie de etcéteras poco gratos. No es novedad, aunque sea más conocido, gracias a las activas redes sociales, los altos índices de inseguridad, intranquilidad, miedo a ser agredido y demérito de la salud emocional por vivir siempre a la defensiva. Lo peor de lo peor, es verlo “normal”, decir “son otros tiempos”, “la culpa es de los gringos”, “eso le pasó porque en algo andaba”, “a eso nos exponemos por andar en la calle”. Todo eso flotando en el ambiente como anatemas, como plaga imbatible, como sentencia irrevocable, y los derechos humanos, en el subsuelo.
Sin querer adoptar una actitud derrotista, evoco al gran filósofo contemporáneo Marco Antonio Solís “El Buky”: “¿A dónde vamos a parar?”, si es que esto para, si es que en algún momento los seres humanos recuperamos la naturalidad de la razón. Le preguntaron en una entrevista a Leonora Carrington: ¿Usted qué ha aprendido de los animales?, respondió “Los animales nos enseñan muchas cosas…a no matarse, por ejemplo ¿Quién ha pensado en una guerra de caracoles?”.